Con la llegada de las fiestas de Navidad y fin de año, miles de personas participan en comidas y cenas de empresa o encuentros con amigos. Son momentos pensados para convivir, disfrutar y despedir el año, pero también implican desplazamientos que, si no se planifican correctamente, pueden derivar en situaciones de riesgo, especialmente cuando hay consumo de alcohol.
Cada diciembre se repite el mismo escenario: celebraciones en distintos lugares del municipio, desplazamientos en coche o moto y decisiones improvisadas a la hora de volver a casa. Por ello, resulta esencial insistir en la prevención, el único modo eficaz de evitar siniestros viales con consecuencias graves.
Planificar antes de celebrar
Si se tiene previsto consumir bebidas alcohólicas, la recomendación es organizar el regreso con antelación. Estos son algunos ejemplos prácticos:
- Designar un conductor responsable: una persona que decida no beber o que no consuma alcohol habitualmente.
- Compartir vehículo para reducir riesgos y facilitar la movilidad.
- Utilizar servicios de taxi, VTC o transporte público.
- Caminar, si la distancia lo permite.
- En celebraciones numerosas, valorar la contratación de microbuses o autobuses, sufragados por la empresa o entre el propio grupo.
Anticiparse evita improvisaciones y reduce la posibilidad de que una buena noche termine en tragedia.
¿Cómo afecta el alcohol al cuerpo y por qué reduce la capacidad de conducir?
El alcohol actúa directamente sobre el Sistema Nervioso Central. Aunque en un primer momento pueda generar sensación de euforia o desinhibición, en realidad deprime funciones neurológicas esenciales para la conducción. Consumido en exceso, provoca daños en órganos como el hígado o el corazón y genera dependencia física y psicológica.
En lo referente a la seguridad vial, el alcohol es uno de los principales factores de riesgo. Incluso tasas inferiores al límite legal —0,5 g/l en sangre— pueden alterar gravemente la capacidad de conducir. Las alteraciones más frecuentes son:
1) Cambios en el comportamiento. Falsa sensación de control (“yo controlo”); mayor asunción de riesgos; impulsividad y reducción de la prudencia; incremento de infracciones.
2) Errores habituales bajo los efectos del alcohol. Detenerse sin motivo, invadir carriles, giros amplios, adelantamientos indebidos, señalización incorrecta, circular por dirección prohibida o pisar arcenes. La conducción errática es uno de los indicadores más claros de la presencia de alcohol.
3) Alteraciones perceptivas. Ojos más lentos y menor capacidad para captar información; peor percepción de luces y señales, especialmente de color rojo; dificultad para calcular distancias y velocidades; problemas de adaptación a cambios de luminosidad; reducción del campo visual (efecto túnel); mayor probabilidad de distracción.
4) Afectación de la atención. Dificultad para atender a dos estímulos a la vez; atención concentrada solo en el centro del campo visual; fatiga rápida y pérdida de concentración.
5) Alteración de la psicomotricidad. Pérdida de coordinación entre información sensorial y movimientos; menor precisión y control muscular; problemas de equilibrio.
6) Toma de decisiones ralentizada. El alcohol afecta al proceso completo: se recoge la información más tarde; se interpreta peor; se decide más lento; se ejecuta la maniobra con retraso. Este aumento del tiempo de reacción puede marcar la diferencia entre evitar un accidente o provocarlo.
La clave: responsabilidad y prevención
El consumo de alcohol sigue siendo uno de los principales factores de siniestralidad vial en nuestro país. Para reducir víctimas y daños, es imprescindible intervenir sobre los comportamientos de riesgo de los propios conductores.
El mejor consejo es no conducir si has bebido. Si vas a hacerlo, planifica, toma decisiones responsables y contribuye a que estas fechas sigan siendo un espacio de celebración y no de tragedias evitables.















