El verano no es un paréntesis para un Agente Tutor

El agente tutor no descansa en verano
Especialidades, Opinión, Portada
Pascual David Muñoz Álamo
Cada año, cuando termina el curso escolar, escucho la misma afirmación. «Ahora ya estaréis tranquilos hasta septiembre». Es una frase que nunca se dice con mala intención, pero que refleja el enorme desconocimiento que todavía existe sobre lo que supone ser agente tutor.

Es lógico que quien observa nuestro trabajo desde fuera relacione nuestra labor con el calendario escolar. Al fin y al cabo, desarrollamos buena parte de nuestra actividad dentro de los centros educativos, impartimos formación preventiva, mantenemos reuniones con equipos directivos, trabajamos con las familias, coordinamos actuaciones con los departamentos municipales y acompañamos a los menores en muchos de los problemas que aparecen durante el curso. Cuando las aulas cierran sus puertas, parece razonable pensar que nuestra actividad también se detiene.

Sin embargo, la realidad es muy diferente.

Muchos agentes tutores desarrollamos esta especialidad de forma parcial, lo que significa que, durante los meses de verano, volvemos a integrarnos plenamente en los turnos ordinarios de la Policía Local. Llegan las vacaciones de los compañeros, las fiestas patronales, los dispositivos especiales y los refuerzos propios de esta época del año, y ahí estamos nuevamente patrullando las calles, regulando el tráfico, atendiendo incidencias o prestando cualquier servicio que la ciudadanía necesita. Porque nunca dejamos de ser policías.

Pero tampoco dejamos de ser agentes tutores.

Mientras el trabajo operativo ocupa buena parte de nuestras jornadas, la mente ya empieza a mirar hacia el siguiente curso escolar. El verano no representa una pausa, sino un tiempo de preparación. Es el momento de revisar los programas preventivos, actualizar los contenidos de las charlas, incorporar nuevas problemáticas que han ido apareciendo durante el año, adaptar materiales didácticos, diseñar actividades, preparar campañas y estudiar aquellas experiencias que otros compañeros han desarrollado con éxito y que pueden enriquecer nuestro propio municipio.

Es un trabajo que apenas se percibe desde fuera porque no suele aparecer en una fotografía ni genera titulares. Sin embargo, es precisamente ese esfuerzo silencioso el que permite que, cuando llegue septiembre, todo esté preparado para comenzar de nuevo con la máxima calidad posible. Detrás de cada presentación, de cada dinámica educativa, de cada campaña de prevención y de cada recurso que utilizamos con nuestros menores existe un tiempo previo de reflexión, estudio, coordinación y planificación que casi nunca es visible.

Siempre me ha gustado comparar esta labor con las obras que cada verano encontramos en muchas carreteras. Hay quien se pregunta por qué se realizan precisamente durante estos meses, pero la respuesta es sencilla. Se trabaja ahora porque es el momento de preparar las infraestructuras para que puedan responder cuando llegue el periodo de mayor actividad. Con los agentes tutores ocurre algo muy parecido. Julio y agosto son los meses en los que construimos el curso que todavía no ha comenzado.

Durante estas semanas mantenemos reuniones con otros profesionales, reforzamos el trabajo en red con Servicios Sociales, departamentos de absentismo escolar, entidades sociales y otros organismos públicos, revisamos protocolos, respondemos correos electrónicos, elaboramos nuevos materiales, visitamos imprentas, organizamos recursos educativos y buscamos nuevas herramientas que nos permitan conectar mejor con los niños, adolescentes y sus familias. Muchas de estas tareas se realizan incluso fuera del horario de servicio, porque las ideas no entienden de calendarios y la prevención tampoco.
Cuando septiembre llama a la puerta, el calendario vuelve a llenarse casi de inmediato. Apenas transcurren unos días desde el inicio del curso y ya comienzan las entradas y salidas de los centros educativos, la coordinación con los equipos directivos, las reuniones con las AMPAS, las primeras intervenciones con familias, las campañas preventivas, la Semana Europea de la Movilidad, las actividades de educación vial y todas aquellas actuaciones que requieren organización previa. Nada de eso puede improvisarse. Todo necesita meses de preparación para que funcione con la naturalidad con la que finalmente llega a los colegios.

Eso no significa que los agentes tutores no disfrutemos de nuestras vacaciones. Como cualquier profesional, también necesitamos descansar, compartir tiempo con nuestras familias y recuperar fuerzas. Pero existe una diferencia importante entre descansar y desconectar. Quien vive esta especialidad con auténtica vocación difícilmente deja de pensar en cómo mejorar un programa preventivo, en una idea surgida durante un congreso, en un material que puede actualizarse o en una nueva forma de llegar a los menores. La experiencia termina convirtiendo esa mirada preventiva en una forma de entender el trabajo, incluso cuando el uniforme permanece colgado durante unos días.

Quizá por eso me resulta difícil aceptar esa idea de que el verano es un tiempo muerto para un agente tutor. Lo cierto es que ocurre exactamente lo contrario. Es una etapa menos visible, sí, pero extraordinariamente productiva. Mientras muchos piensan que el curso ha terminado, nosotros ya estamos construyendo el siguiente. Y cuando los alumnos vuelvan a ocupar sus pupitres en septiembre, buena parte de lo que encontrarán preparado habrá nacido precisamente durante estos meses de verano, cuando parecía que no estaba ocurriendo nada.

Ese es, probablemente, el trabajo más importante de un agente tutor. El que casi nadie ve.

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