Hay amistades que nacen por casualidad y otras que surgen porque dos personas descubren que comparten una misma manera de entender su profesión. La que une a Abelardo Martínez y Eduardo Barreiro pertenece a este segundo grupo. Son policías locales, desarrollan su trabajo a cientos de kilómetros de distancia y, sin embargo, parecen caminar siempre en la misma dirección. Ambos han convertido la educación vial en una forma de servicio público que va mucho más allá del uniforme y de las competencias diarias.
La reciente visita al colegio Portonovo volvió a demostrar que cuando estos dos educadores coinciden ocurre algo especial. El encuentro no solo permitió acercar a los escolares recursos policiales y de emergencias o disfrutar de actividades prácticas relacionadas con la seguridad vial. También dejó patente que la colaboración entre profesionales con una vocación compartida puede multiplicar el alcance de cualquier iniciativa.
El patio del centro educativo se transformó durante unas horas en un espacio donde aprender significaba experimentar. Los alumnos recorrieron un circuito de bicicletas, conocieron de cerca distintos medios policiales y descubrieron las medidas de seguridad de un vehículo de competición. Cada actividad escondía una enseñanza sencilla pero esencial para comprender que la prevención comienza mucho antes de ponerse al volante.
Dentro de las aulas, los conocidos guiñoles del Poli Paco volvieron a convertirse en una herramienta capaz de captar la atención de los más pequeños. Entre risas y participación activa, los escolares interiorizaron comportamientos responsables como peatones y futuros conductores, demostrando que las mejores lecciones son aquellas que consiguen enseñar sin perder la capacidad de emocionar.
Lo más valioso de esta historia no es únicamente la jornada celebrada en Portonovo, sino el vínculo que existe entre dos policías que han hecho de la cooperación una seña de identidad. Lejos de trabajar de manera aislada, se visitan, intercambian experiencias y enriquecen mutuamente proyectos que llevan años sembrando conciencia vial entre miles de niños y niñas.
Esa complicidad profesional ha dado lugar a una amistad sincera que rompe cualquier barrera geográfica. Desde Sevilla hasta Galicia, ambos han demostrado que las buenas ideas crecen cuando se comparten y que la prevención gana fuerza cuando quienes la impulsan lo hacen desde la ilusión y el convencimiento.
No sorprende que los dos acumulen reconocimientos por su trayectoria en educación vial. Detrás de esos premios hay incontables jornadas en colegios, horas de preparación, creatividad y una enorme capacidad para conectar con el alumnado. Su verdadero éxito, sin embargo, no cabe en una vitrina. Está en cada niño que aprende a mirar antes de cruzar, en cada casco que se ajusta correctamente y en cada familia que descubre que educar en seguridad también puede hacerse con una sonrisa.
Quizá por eso el encuentro vivido en Portonovo tenga un significado que trasciende una simple actividad escolar. Simboliza la unión de dos referentes que entienden que proteger también consiste en enseñar y que la mejor intervención policial es, muchas veces, la que evita que el accidente llegue a producirse. Cuando el Poli Paco se convierte en dos, el mensaje no se duplica. Se multiplica.

















