En Málaga, la preocupación por el consumo de alcohol en menores ha dejado de ser una percepción difusa para convertirse en una realidad constatada sobre el terreno. La Policía Local de Málaga, a través de su Programa de Agente Tutor, advierte de un descenso sostenido en la edad de inicio y de un cambio en las dinámicas de consumo que obliga a replantear estrategias preventivas. El oficial Alejandro Márquez, con años de experiencia directa en aulas, calles y entornos familiares, resume la situación con una frase que ya se ha convertido en una alerta clara “Estamos viendo consumos habituales a partir de los 12 años, antes de lo que era esperable”.
El agente describe un fenómeno que ya no responde únicamente al patrón clásico del botellón de fin de semana. “No hablamos solo de grandes concentraciones. Detectamos consumo en cumpleaños, reuniones pequeñas, incluso en espacios domésticos donde el alcohol aparece normalizado”, explica. Según su experiencia, el problema no es únicamente la ingesta, sino la percepción del riesgo. “Muchos menores no consideran peligroso beber. Lo ven como algo integrado en el ocio, casi como un rito de paso”.
Desde las aulas, donde el agente tutor despliega buena parte de su labor, Márquez observa cómo persisten mitos profundamente arraigados. “Todavía escuchamos que el alcohol ayuda a socializar, a perder la vergüenza o a divertirse más. Nuestro trabajo consiste en desmontar esas ideas con información real y ejemplos cercanos”. Durante las sesiones, los agentes abordan las consecuencias sanitarias, legales y sociales del consumo precoz. “No buscamos asustar gratuitamente, sino generar conciencia. Cuando mostramos casos reales, accidentes, decisiones impulsivas que terminan en tragedia, el mensaje cala de otra manera”.
Uno de los aspectos que más inquieta a la Policía Local es la combinación de alcohol con vehículos de movilidad personal. “El patinete eléctrico se ha extendido enormemente entre los jóvenes. Si a esa ecuación le añadimos alcohol, el riesgo se multiplica. No es una opinión, es una evidencia que vemos en intervenciones y atestados”, advierte el oficial. La mezcla de desinhibición, falta de experiencia y percepción de invulnerabilidad crea, en palabras del agente, “un escenario perfecto para el accidente”.
El análisis de cuestionarios anónimos realizados en centros educativos revela motivaciones recurrentes. “La presión del grupo sigue siendo determinante. Muchos chavales beben para encajar, para no sentirse excluidos. Nos dicen claramente que no consumir puede convertirlos en el raro del grupo”. A ello se suman otras razones como la búsqueda de euforia, la curiosidad o la falsa sensación de madurez. “El alcohol se asocia a ser mayor, a ser más valiente, más divertido. Combatir esa narrativa es clave”.
Sin embargo, para Márquez la prevención no puede limitarse al ámbito escolar. “La familia es el primer espacio educativo. Lo que los menores ven en casa pesa más que cualquier charla”. El agente insiste en el valor del ejemplo cotidiano. “Si el consumo habitual de alcohol forma parte de la normalidad doméstica, el mensaje implícito es potente. No basta con decir ‘no bebas’, hay que transmitir coherencia”.
La interacción con progenitores ofrece un panorama desigual. “Hay padres profundamente implicados, agradecidos por la intervención policial. Pero también encontramos negación, minimización o una preocupación centrada exclusivamente en la sanción económica”. El oficial recuerda situaciones en las que la conversación gira más en torno a la multa que al comportamiento del menor. “Cuando eso ocurre, el foco educativo se diluye”.
Una de las herramientas utilizadas por la Policía Local es el envío de cartas informativas a las familias cuando se detecta consumo sin que exista intoxicación grave. “No es un trámite frío. Es una invitación al diálogo, a buscar soluciones conjuntas”, aclara Márquez. Sin embargo, reconoce que no siempre se obtiene respuesta. “A veces el silencio duele más que la confrontación. Sabemos que detrás puede haber desconcierto o miedo, pero el contacto es fundamental para intervenir a tiempo”.
En la vía pública, los agentes mantienen dispositivos de control y vigilancia. Aunque el botellón ha disminuido en determinadas zonas, no ha desaparecido. “Los menores se adaptan. Cambian ubicaciones, horarios, fórmulas. También detectamos conductas más graves como el uso de documentos falsificados o manipulados para acceder a locales”. Márquez subraya que estas prácticas no son travesuras. “Estamos hablando de delitos que pueden tener consecuencias penales serias”.
Las campañas sobre establecimientos que venden alcohol a menores constituyen otro frente prioritario. “La responsabilidad no recae solo en el joven. La venta ilegal alimenta el problema. Actuamos con inspecciones, vigilancia de paisano y sanciones cuando procede”. El objetivo, insiste el agente, “no es castigar por castigar, sino cortar la cadena que facilita el acceso”.
Respecto a las sanciones por consumo en la calle, el oficial recalca su carácter pedagógico. “La multa existe, pero siempre que la normativa lo permite apostamos por medidas educativas. Charlas de concienciación, trabajos en beneficio de la comunidad. Buscamos que el menor reflexione, no solo que pague”.
Quizá la reflexión más dura del agente tutor llega al abordar determinadas escenas vividas en intervenciones nocturnas. “Nos preocupa especialmente el abandono de menores en estado de intoxicación. Cuando llegan los servicios de emergencia o la policía, algunos amigos desaparecen. Dejan al chico solo, vulnerable”. Para Márquez, este comportamiento revela una carencia profunda. “Falta conciencia colectiva, empatía, sentido de responsabilidad”.
Pese al diagnóstico complejo, el mensaje final del oficial mantiene un tono constructivo. “La prevención funciona cuando es constante, coordinada y compartida. Escuela, familia y policía deben remar en la misma dirección”. Márquez reivindica la figura del agente tutor como un puente más que como una autoridad distante. “Estamos para escuchar, orientar y proteger. Cuando logramos que un menor reconsidere una decisión de riesgo, todo el esfuerzo cobra sentido”.
La Policía Local de Málaga continúa reforzando programas educativos, presencia preventiva y colaboración institucional, convencida de que la intervención temprana marca la diferencia. “Cada charla, cada conversación, cada aviso a tiempo puede evitar un daño mayor. Esa es la verdadera dimensión de nuestro trabajo”, concluye el agente.

















