El 27 de marzo de 1984, la organización terrorista ETA asesinó en la localidad vizcaína de Elorrio al policía municipal José Naranjo Martín, al que acusaba de ser confidente debido a su relación de amistad con guardias civiles del cuartel cercano a su domicilio. Naranjo, de 50 años, casado y padre de siete hijos, se dirigía a pie a su puesto de trabajo cuando fue interceptado por dos miembros de la banda terrorista. Los atacantes descendieron de un vehículo y le dispararon por la espalda con una pistola automática, causándole la muerte. En ese momento José Naranjo iba desarmado.
Natural de Moral de Calatrava (Ciudad Real), Naranjo se trasladó años antes al País Vasco por motivos laborales. Tras trabajar en una fábrica, ingresó en la Policía Municipal de Elorrio, donde ejercía desde hacía más de una década. La familia vivía junto al cuartel de la Guardia Civil de la localidad, lo que propició una relación de cercanía con los agentes y sus familias. Según el relato de sus allegados, esa convivencia cotidiana fue utilizada por ETA para justificar el atentado, acusándole de colaborar con la Guardia Civil, algo que su familia siempre ha negado.
Especialistas en la historia del terrorismo de ETA señalan que durante los años ochenta la organización imponía un rígido “código moral” dentro de su entorno social. Cualquier persona que mantuviera relación con miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o que no encajara en esos parámetros podía convertirse en sospechosa y, en consecuencia, en objetivo de la banda.
Décadas después del atentado, su hija menor, Consolación Naranjo —que tenía nueve años cuando ocurrió el crimen— ha impulsado la reapertura del caso tras recibir la documentación relacionada con el asesinato dentro de los programas de memoria dirigidos a víctimas del terrorismo.
El asesinato de José Naranjo se enmarca en la campaña de violencia de ETA contra diferentes profesionales en el País Vasco durante los años ochenta. Según estudios históricos, la organización terrorista asesinó a al menos 25 policías locales a lo largo de su trayectoria. La memoria de todos ellos continúa viva.















