Andoni Díaz, el guarda forestal que nunca bajó la mirada ante los furtivos: se jubila una leyenda de los montes alaveses

Andoni Díaz
Información general
Treinta años de servicio, amenazas, denuncias y una lucha constante por la fauna salvaje marcan la despedida de uno de los agentes forestales más respetados —y temidos— de Álava. 

En los montes de Álava hay nombres que pasan desapercibidos y otros que terminan convertidos en leyenda. Durante más de tres décadas, Andoni Díaz perteneció a esta última categoría. Entre los furtivos era conocido como «El Jabalí» o «El Libretas», apodos que reflejaban tanto su perseverancia como su meticulosa costumbre de anotarlo todo. Ahora, tras treinta años de servicio como guarda forestal de la Diputación Foral de Álava, se jubila uno de los grandes referentes de la vigilancia ambiental en España.

Su historia no es la de un funcionario que cumplió un horario. Es la de un hombre que dedicó buena parte de su vida a perseguir delitos contra la naturaleza, a proteger especies amenazadas y a enfrentarse, muchas veces en solitario, a quienes consideraban el monte un territorio sin ley.

Durante años recorrió caminos, barrancos y bosques en busca de lazos, cepos, trampas ilegales y venenos. Investigó la muerte de corzos, aves rapaces y otras especies protegidas. Siguió rastros, recopiló pruebas y presentó denuncias que, en numerosas ocasiones, terminaron en los juzgados.

Su trabajo le granjeó el respeto de muchos compañeros, pero también la enemistad de quienes veían en él un obstáculo para sus actividades ilegales.

Cuando proteger la naturaleza tiene un precio

La presión que soportó no procedía únicamente de los furtivos. A lo largo de su carrera recibió amenazas de todo tipo. Algunas quedaron en comentarios anónimos. Otras alcanzaron niveles inquietantes. Entre las más conocidas figura la supuesta oferta de un viaje a Cuba para quien le pegara un tiro, una amenaza que resume el clima de hostilidad al que tuvo que enfrentarse durante años.

Sin embargo, las dificultades no terminaron en el monte. Díaz denunció públicamente irregularidades relacionadas con la gestión de la fauna y determinadas actuaciones administrativas. Entre los episodios más conocidos figura el denominado caso Manzanos, un asunto que provocó una fuerte polémica en Álava tras la aparición de un corzo decapitado y que terminó con la condena por falsedad documental del entonces jefe del Servicio de Montes.

Aquella denuncia reforzó su imagen de funcionario incómodo para determinados sectores de la administración. Lejos de limitarse a perseguir delitos ambientales, decidió señalar también aquellas actuaciones que, a su juicio, comprometían la transparencia y la correcta gestión pública.

La soledad del denunciante

Entre 2014 y 2016, cerca de la mitad de las denuncias presentadas por los guardas forestales en Álava fueron sobreseídas o archivadas. El dato, que ronda el 48 %, alimentó durante años el debate sobre la eficacia de la persecución de los delitos contra la fauna y la sensación de desprotección que muchos agentes experimentan en el ejercicio de sus funciones. Andoni Díaz nunca ocultó su preocupación por esta situación.

Consideraba que la lucha contra el furtivismo necesitaba más recursos, una mayor coordinación institucional y un respaldo más firme por parte de las administraciones. Su postura crítica tuvo consecuencias. La propia Diputación llegó a abrirle un expediente disciplinario tras denunciar determinadas irregularidades. Finalmente, el procedimiento fue archivado.

Aun así, el episodio dejó una huella evidente y alimentó una pregunta incómoda: ¿quién protege a quienes dedican su vida a proteger el patrimonio natural?

La retirada de Andoni Díaz supone la marcha de uno de los guardas forestales más conocidos de Euskadi, pero también invita a reflexionar sobre el papel de estos profesionales en la conservación de la biodiversidad.

Su labor ha contribuido a frenar prácticas ilegales que amenazan especies protegidas y alteran el equilibrio de los ecosistemas. Cada lazo retirado, cada denuncia tramitada y cada investigación completada ha representado una defensa silenciosa de un patrimonio natural que pertenece a toda la sociedad.

Por eso, su jubilación trasciende la despedida de un trabajador público. Representa la salida de una generación de guardas que desarrolló su labor en condiciones difíciles, con recursos limitados y, en demasiadas ocasiones, sin el respaldo institucional que merecía.

El legado de «El Jabalí»

Andoni Díaz no atrapó a todos los furtivos. Ningún guarda forestal lo consigue. Pero dejó algo más importante: un ejemplo. El ejemplo de quien entendió que la defensa de la naturaleza exige valentía, independencia y compromiso. El de quien se enfrentó a los cazadores ilegales cuando fue necesario y también a sus propios superiores cuando consideró que la situación lo requería.

Su jubilación abre una cuestión que trasciende a una persona y afecta a toda España: cuántos guardas forestales continúan hoy desarrollando su trabajo bajo presión, con escasos medios, escasa protección jurídica y la sensación de luchar en solitario contra delitos que afectan al patrimonio común. La respuesta preocupa a muchos profesionales del sector.

El futuro de la conservación pasa por reforzar los servicios de vigilancia ambiental, mejorar la coordinación con la Fiscalía de Medio Ambiente, dotar de más recursos a los agentes forestales y garantizar que quienes denuncian irregularidades no sufran represalias. Andoni Díaz deja el uniforme, pero no desaparece su mensaje.

Porque la defensa de la naturaleza no termina con una jubilación. Continúa en cada denuncia, en cada guarda forestal que patrulla un monte y en cada ciudadano que entiende que proteger la fauna no es una opción, sino una responsabilidad colectiva. Su marcha no es un final. Es un legado.

Y este es nuestro pequeño homenaje a un profesional como la copa de un pino.

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