Hace 36 años, la Policía Local de Palma vivió uno de los episodios más graves de su historia reciente. El protagonista fue Joaquín Montoya Gómez, entonces policía municipal, que estuvo a punto de perder la vida tras ser apuñalado con un estilete por un atracador reincidente. Un suceso que, además de marcar su trayectoria profesional, supuso un antes y un después en los criterios de autoprotección de los agentes que patrullaban el centro de la ciudad.
Los hechos se produjeron el martes 21 de noviembre de 1989, alrededor de las seis de la tarde. Un joven de 22 años, Juan H. C., que había salido días antes de la prisión de Ocaña tras cumplir condena por un delito violento, perpetró un atraco en una joyería de la calle Plateros. Armado con un estilete, amenazó al propietario del establecimiento, que se encontraba con su hijo menor, y se apoderó de joyas valoradas en cerca de dos millones de pesetas antes de huir a la carrera.
En aquel momento, Joaquín Montoya y otro compañero realizaban labores de patrulla a pie por la zona, una práctica habitual en aquellos años y que se llevaba a cabo sin arma reglamentaria. Al escuchar los gritos de auxilio y observar al sospechoso huyendo con el botín, Montoya no dudó en intervenir e intentó reducirlo en la confluencia de las calles Plateros y Zavellá.
La reacción del delincuente fue inmediata y extremadamente violenta. Esgrimiendo el estilete de unos 12 centímetros, asestó una puñalada en el abdomen del agente, que cayó desplomado al suelo con una herida de extrema gravedad. La rápida intervención de una enfermera que se encontraba casualmente en la zona resultó decisiva: logró taponar la herida, que había perforado el colon, y contener la hemorragia hasta la llegada de los servicios sanitarios, salvándole la vida.
Mientras tanto, el compañero de Montoya consiguió reducir y engrilletar al agresor. La tensión se trasladó al entorno, donde vecinos y comerciantes, conmocionados por lo ocurrido, llegaron a intentar agredir al detenido, lo que obligó a solicitar refuerzos desde el cuartel de San Fernando para garantizar su integridad y restablecer el orden.
El autor del apuñalamiento fue trasladado a dependencias policiales y posteriormente ingresó en prisión preventiva en Palma, acusado de un delito de intento de homicidio. Joaquín Montoya, tras un largo proceso de recuperación, logró reincorporarse al servicio activo y continuó ejerciendo como policía de barrio durante años.
A raíz de este suceso, la Jefatura de la Policía Local de Palma revisó los protocolos vigentes. El intendente jefe de la época, Joan Feliu, impulsó un cambio que permitió que los agentes destinados a patrullas a pie en el centro histórico portaran armas de fuego. Finalmente, se autorizó el uso de revólveres del calibre .22, una medida que, aunque discutida por su limitada capacidad defensiva, supuso un avance en la seguridad de los funcionarios.
Décadas después, Joaquín Montoya se ha jubilado tras una larga y reconocida carrera profesional. Su caso permanece en la memoria del cuerpo como ejemplo de entrega al servicio público y como recordatorio de la importancia de dotar a los agentes de los medios adecuados para garantizar su seguridad. Aquella tarde de noviembre, una intervención valiente y una asistencia providencial evitaron un desenlace fatal que pudo haber cambiado para siempre la historia de la Policía Local de Palma.
















